Una piedra con forma de barca, cubierta de musgo, sobre las rocas

Iwafune-sama

¿Por qué quedan huellas de un pueblo marinero aquí, tan adentro de las montañas? Lo había sentido vagamente desde el año pasado y quería comprenderlo mejor, así que fui a un santuario que se alza en las montañas de la prefectura de Kochi. Se llama santuario Iwafune, y también santuario Amenooshihowake.

Es un lugar de culto que procede de un dios llamado Nigihayahi. También está estrechamente ligado al clan Mononobe, que tenía a Nigihayahi como su dios ancestral y llegó a ser el primero entre los clanes antiguos, y al norte del santuario corre el río Monobe.

En la región de Kansai, donde los Mononobe llegaron al poder, el culto a Nigihayahi sigue hondamente arraigado. Nunca imaginé que sobreviviera también aquí, en el sur de Shikoku, en las montañas que se extienden más allá de la costa de Kochi.

Según Tosa Densetsu (Leyendas de Tosa), del folclorista Kazuo Katsurai, Nigihayahi cruzó una vez el cielo a bordo de una barca de piedra y descendió en Kawachi. Tras permanecer un tiempo en Yamato, añoró a su padre, el dios Amenooshihomimi, y descendió a la tierra de Tosa.

La tradición local es verdaderamente fascinante. Es como una cápsula del tiempo: en forma de mito, ha sellado la memoria del camino que recorrieron nuestros antepasados. Las leyendas cuentan dónde descendieron los dioses y cómo se desplazaron antes de asentarse donde hoy reposan.

Una aldea de la antigua provincia de Inaba que venera a Yakami-hime conserva asimismo la tradición de que, en tiempos antiguos, el pueblo Yakami cruzó el mar y prosperó allí. Inishi, el viejo sonido que nombra el camino que recorrieron los antepasados, quizá tenga su origen en la lengua de quienes cruzaron el mar.

Las huellas de los dioses no son la historia tal cual. Pero creo que el mito es lo que hicieron nuestros predecesores cuando pusieron cierta memoria en forma de información y la transmitieron de la manera con más probabilidades de perdurar. Por eso, en el recinto de un santuario lejos del mar, varias piedras con forma de barca reposan en las montañas, como si quisieran dar noticia del paso de los antepasados. También la piedra es un medio excelente para transmitir información.

Detrás del recinto se alza un enorme iwakura, la roca donde se dice que descendió Nigihayahi. Parece que la tribu consagrada a Nigihayahi llegó a esta tierra en busca de su antepasado, Amenooshihomimi.

En los últimos días han salido a la luz filtraciones de información y debilidades de los sistemas digitales, y sus efectos se han extendido en todas direcciones. Pensándolo bien, durante treinta años hemos confiado demasiado en la información guardada en la tecnología digital y hemos llegado a depender demasiado de ella. Ahora sabemos que lo que allí se almacenaba puede borrarse en un instante con una IA en manos de quienes quieren hacer daño. Visto así, los medios de transmitir información que nuestros predecesores dejaron en el mito y la tradición quizá sean los más duraderos de todos.

Hace mucho tiempo, los Mononobe cruzaron el mar, siguieron los ríos hacia las montañas y levantaron allí un mundo propio. Al dejar el santuario, dos cosas empezaron a resonar con fuerza en mi mente: Nigihayahi, el dios primigenio todavía envuelto en misterio, y el sonido ama, o ame. Significa cielo, y es también una vieja palabra para el mar.

Una aldea al pie de montañas cubiertas de nubes, con campos y unas pocas casas dispersas
Un pequeño santuario junto a un campo, con ramas de sakaki ofrecidas a cada lado
Lápidas alineadas ante un bosque de cedros
Dos pequeños santuarios juntos ante una ladera cubierta de maleza
Una piedra cubierta de musgo ante un muro de piedra seca
Un poste blanco con la inscripción «santuario Iwafune» junto a un camino de hojas caídas
Flores rojas en la penumbra del follaje
Un único tallo de bambú pálido que destaca en un bosque oscuro
Un carácter tallado en lo hondo de una piedra cubierta de musgo
Escalones de piedra oscuros y una barandilla bajo los árboles
Una rama de sakaki con tiras de papel y un gohei en la penumbra del santuario
Una serpiente que repta sobre las hojas caídas
Una cuerda sagrada de paja y tiras de papel ante la puerta de un santuario bajo las rocas
Una piedra con forma de barca, cubierta de musgo, medio enterrada en hojas caídas
Una gran roca cubierta de musgo que se alza como una proa junto a un tejado de tejas
Piedras con forma de barca superpuestas entre la hierba
Una piedra con forma de barca, cubierta de musgo, entre el bambú enano
Un gran árbol solitario que extiende sus ramas ante colinas de cedros